Cada 25 de mayo, la diáspora africana hace una pausa para celebrar su herencia, su fuerza y su unidad. En el marco del Día de África, vale la pena echarse una vuelta por un taller vibrante en Dakar, donde el artista Serigne Mansour Fall, mejor conocido en el barrio como Mad Zoo, usa la pintura como un megáfono para defender la identidad africana y el panafricanismo. En Dakar, el color te asalta por todos lados; no se queda guardado en la ropa o la moda, sino que brinca a los muros, a los icónicos microbuses que allá llaman car rapides y a las lanchas pesqueras conocidas como pirogues.

En medio de esa explosión visual, Mad Zoo lleva unas dos décadas siendo un pilar del grafiti senegalés. Su chamba, ya sea rayando en la calle o encerrado en su estudio en Guediawaye, al noreste del centro de la ciudad, destila historia y una energía que se mueve constantemente entre el espíritu y la acción, entre el pasado y el futuro.

Cuando nos recibió en su espacio, este autodenominado “creador y contador de historias” lo dejó muy claro: para él, la brocha no es un privilegio, es una responsabilidad. “Esto no es nomás arte; es intención”, nos dijo. “Si el arte no le sirve a la gente, la neta no tiene valor. No significa nada. Tienes que amar algo más grande que tú mismo, y para mí, eso es mi comunidad”.

Desde morrito, Mansour pintaba fuera de la raya. Empezó a darle al grafiti a los siete años, muy clavado con el universo de los superhéroes y el anime. Mientras su papá le daba el visto bueno, su mamá sentía que era “demasiado inteligente para ser artista”, pues en Senegal se tenía la idea generalizada de que al arte le entrabas cuando ya no te quedaban más opciones en la vida. Pero a él le valió. Como era un niño súper curioso y aventado, al que la raza tachaba de no ser normal o de estar “loco”, agarró esa loquera, la combinó con su apodo de cuna (Zoo o Zoro, derivado de Mansour) y así forjó su identidad.

Hoy, sus muros no solo cuentan la historia de su país, sino que buscan conectar el espíritu de toda África. Viaja dando clases magistrales sobre hip hop, política y arte, buscando que la gente entienda que, a pesar de las fronteras y las diferencias geográficas, los africanos comparten la misma línea de sangre espiritual. El arte, dice este creador de 39 años, no entra por los ojos; es un cóctel de vivencias que nace desde las entrañas.

El barrio en Springfield: Colectividad a nivel de banqueta Pero el arte no solo vive en la resistencia identitaria transnacional; también funciona como el pegamento de las comunidades en el día a día. Si cambiamos de canal y nos vamos al centro de Springfield, la onda del “First Friday Art Walk” de junio nos muestra una cara completamente distinta del circuito. Aquí no hay manifiestos políticos pesados, sino el puro gusto de juntarse, tomar los espacios y hacer barrio.

El 5 de junio, la escena local arranca con galerías que cierran tarde y un montón de actividades para que caigan las familias. Destacan lugares como Formed: An Artist Collective, que armó una exhibición de la artista Andi Snethern. Sus acuarelas son de esas que te atrapan por lo minucioso: desde un nido delicadito y un típico diner gringo, hasta peras luminosas y nenúfares con una vibra súper soñadora.

Mientras te tomas algo y escuchas el jazz en vivo de Tony Menown, la dinámica es de convivencia pura. Entre exposiciones fotográficas sobre la Ruta 66 en la biblioteca local y manualidades gratis en el Teatro Gillioz o en The Downtown Church, este lado del arte es accesible, cálido y pensado de los vecinos para los vecinos.

El casino de Christie’s: Ingeniería financiera en el mercado del arte Y luego topamos con la otra bestia. Muy lejos de los muros comunitarios de Dakar y de las caminatas familiares de Springfield, en los estratos más altos el arte opera casi como un deporte extremo de miles de millones de dólares.

El lunes pasado, en las oficinas de Christie’s en Nueva York, el ambiente era de tensión pura. Los ejecutivos andaban con los teléfonos pegados a la oreja, tapándose la boca y susurrando indicaciones. Llevaban meses preparando el terreno para subastar una de las icónicas pinturas de salpicaduras de Jackson Pollock. Necesitaban un trancazo fuerte para sacudirse cuatro años de ventas bastante irregulares y problemáticas.

Y les funcionó la jugada. En una guerra de pujas que duró apenas siete minutos, el Pollock se fue por la brutalidad de 181.2 millones de dólares. Al final de la jornada, pesos pesados como Christie’s, Sotheby’s y Phillips terminaron moviendo 2.500 millones de dólares en arte —incluyendo comisiones—, un salto gigantesco si lo comparas con los 1.300 millones que hicieron en las mismas fechas el mayo pasado.

Esto no es pura suerte, es una mezcla de buen timing y muchísimo colmillo. Entraron al mercado obras finísimas de los patrimonios de coleccionistas clave, como el exlíder de Condé Nast, S.I. Newhouse Jr., o la filántropa Agnes Gund. Para asegurar que estas piezas no se devaluaran, las casas de subastas le metieron duro al espectáculo (Sotheby’s hasta sacó un video promocional con Nicole Kidman bailando alrededor de una cabeza de bronce de Brancusi) y, sobre todo, amarraron tratos por debajo de la mesa para minimizar cualquier riesgo.

Bonnie Brennan, la jefa de Christie’s, asegura que el mercado está “sano pero disciplinado”. Detrás de esa confianza recién recuperada —alimentada por ventas monstruosas como el retrato de Klimt que se fue por 236.4 millones en noviembre— hay una estrategia clara: ir a la segura, evitar artistas jóvenes sin historial y no inflar estimaciones a lo loco para evitar quemarse, como le pasó a Sotheby’s el año pasado con un busto de Giacometti de 70 millones que nadie quiso.

El verdadero truco detrás de la cortina hoy se llama “garantías de terceros”. Para conseguir las obras más codiciadas, las casas de subastas le aseguran al vendedor un precio mínimo desde el principio. Luego, se voltean con inversionistas privados (los terceros) que respaldan la pieza. Si el inversionista la gana, se la lleva con lo que básicamente es un descuento por financiamiento; si alguien en la sala puja más alto, el tercero igual se lleva una comisión nada despreciable.

Hace unos cinco años, este tipo de arreglos les daba mala espina a los coleccionistas de la vieja guardia, pues nadie quería pujar contra alguien que ya tenía información privilegiada o un trato hecho. Hoy es el pan de cada día, especialmente para obras con precios estratosféricos donde nadie quiere ser el primero en levantar la paleta y arriesgarse a quedar en ridículo. La semana pasada, más de la mitad de los lotes ya traían esta red de seguridad. Obras maestras, como un Picasso cubista de 42.6 millones o una escultura dorada de Brancusi que rompió récord con 107.6 millones de dólares, ya estaban prácticamente vendidas desde mucho antes de que el martillero siquiera levantara el mazo.