Si tienes vuelos programados para los próximos meses, ya puedes respirar tranquilo. Al fin parece que la pesadilla de las filas interminables en los filtros de seguridad quedó atrás. Después de 76 días de pura incertidumbre y de hacer corajes, el cierre parcial del gobierno gringo más largo de la historia terminó este jueves. La Cámara de Representantes por fin se puso las pilas y aprobó el presupuesto para reabrir el Departamento de Seguridad Nacional. Esto significa que la TSA ya tiene fondos y sus agentes no tendrán que seguir yendo a jalar sin que les paguen. Era una movida de vida o muerte considerando que estamos a escasas tres semanas de que arranque la locura de los viajes de verano y, ojo aquí, a nada de que empiece el Mundial en Norteamérica.
Cuando el presidente Trump firmó la ley para acabar con este paro, también se le puso fin a una racha de terror en los aeropuertos. Durante este estira y afloja político en Washington, a los viajeros les tocó comerse filas de tres y hasta cuatro horas en los hubs más pesados del país, todo porque los agentes de la TSA empezaron a reportarse enfermos o faltar masivamente al no ver un peso en sus cuentas. Y aunque el caos bajó un poquito en abril cuando se ordenó pagarles por decreto, el sector aéreo estaba sudando frío pensando en que mayo iba a ser un desastre monumental.
Claro que el sindicato de la TSA no se guardó nada. Soltaron un comunicado diciendo que qué bueno que el Congreso por fin hizo su chamba, pero que es inaceptable que se hayan tardado tanto. Y la verdad es que el daño ya está hecho. Desde mediados de febrero, más de 1,100 agentes renunciaron o de plano tiraron la toalla. Es un déficit de personal que no está nada padre y que todavía podría provocar cuellos de botella ahora que se venga lo más fuerte de la temporada. Nada más para dimensionar la escala del asunto: hasta este miércoles, la TSA ya había revisado a poco más de 280 millones de pasajeros en lo que va del 2026, lo que representa un ligero aumento del 0.9% en comparación con el año pasado.
Pero bueno, digamos que ya sobreviviste al viacrucis de la seguridad y por fin te subes al avión. ¿Qué te espera a bordo? Pues depende enteramente de cuánta lana traigas en la cartera. Si viajas en primera clase, ya sabes que te dan más espacio para las piernas y un montón de regalitos, pero la gran novedad es que pronto ni siquiera vas a tener que hacer fila para ir al baño. Así como lo oyes, un baño completito y privado para cada pasajero de súper lujo.
Olvídate del bañito enano donde apenas cabes para lavarte las manos. Estamos hablando de algo que parece un departamentito en el cielo. El mero mero de Emirates, Tim Clark, soltó la bomba la semana pasada en una cumbre de la industria. El tipo dijo con todo el descaro del mundo que quería que todos se enteraran para que salieran corriendo a ver cómo conseguir una de estas suites con baño privado. Para los simples mortales que viajamos atrás, la elegancia de las cabinas delanteras es un mito. Hoy en día, los pasajeros de primera en Emirates ya viajan en cápsulas personales que abarcan lo de tres ventanillas y tienen un baño súper lujoso en el pasillo con perfumes caros y cepillos de dientes de cortesía. Pero lo de la suite privada es otro nivel de excentricidad.
La bronca es que para asegurar ese nivel de aislamiento vas a necesitar aflojar entre 6,000 y 13,000 libras esterlinas por trayecto, dependiendo de la ruta. Y conociendo cómo funciona esto, es obvio que estas nuevas suites van a salir todavía más caras que lo que ofrecen ahorita. Uno pensaría ingenuamente que estas innovaciones tecnológicas y de confort eventualmente van a permear y nos van a beneficiar a los que viajamos en clase turista. Pero la cruda realidad es que pasa exactamente lo contrario. Para que los asientos de las clases premium sean cada vez más amplios y lujosos, los de clase turista se tienen que encoger.
Si sentiste que en tu último vuelo el espacio ya no podía ser más miserable, te tengo malas noticias: sí se puede, está pasando y va a seguir pasando. Todo se resume a rentabilidad pura y dura. Los asientos de lujo dejan mucho más margen de ganancia, la demanda por ellos está subiendo como espuma y las aerolíneas están reconfigurando el interior de los aviones para acomodar esas suites. Hace diez años, un Boeing 777 promedio traía nueve asientos por fila en turista; ahorita ya le meten 10. Y lo mismo pasa con el famosísimo “pitch”, que es la distancia entre el respaldo de tu asiento y el de enfrente. Ya hay reportes de que Southwest Airlines le está quitando una pulgada entera al espacio de la clase turista nada más para darle más margen a los clientes premium.
Así que mientras los dueños del universo disfrutan de la forma de viajar más exclusiva que se haya inventado y no tienen que cruzarse con nadie en el pasillo para ir a hacer sus necesidades, el resto de nosotros vamos a ir cada vez más apretados como sardinas. Supongo que la única ventaja de ir tan encimados es que el viaje va a ser mucho más “acogedor”. Y si por algún milagro eres de los que logran pagar ese baño de 13,000 libras en las nubes, yo que tú le daba un par de minutos antes de entrar si el pasajero anterior traía prisa.